La cocina de mamá

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Por: Diego Mauricio Barrera Quiroga, Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana, abogado y docente de la Universidad de la Amazonia, candidato a Magister en Educación área de profundización: docencia e investigación universitaria. Correo: barreradiego1990@gmail.com

 

 

No lo vayan a tomar a mal pero el adagio del “toque perfecto para la cocina es el amor”, no vale para todo el mundo, de lo contrario mi madre sería la mejor chef que existiera. No quiero sonar grosero o desagradecido, pero por más amor, desbordado por lo demás que expresaba mi madre, su sazón no fue tan apetecida.

Estando muy chico la sentía levantarse temprano a poner el tinto para mi padre, bebida que no le puede faltar en la mañana. Una olla vieja, negra y con varios “chupones” que no botaban porque su antigüedad mantenía el sabor casero, se tambaleaba sobre la estufa de cuatro puestos; casi sonámbula, mi madre, pasaba frente a mi cuarto mientras yo luchaba por despertar para salir a estudiar. Cuidadosamente y con media sonrisa la miraba ingresar a la cocina, lugar donde temprano se instalaba. Mojaba su cara para terminar el sueño y lavar su caja de dientes superiores para completar la sonrisa. Sus dientes habían desaparecido a muy temprana edad. Culparía a la poca leche tomada en su niñez debido a la pobreza de la época. Tantos hermanos limitaban la posibilidad de alimentarse a diario. “Un dolor me despertó una mañana. Yo tenía 13 años, si mal no me acuerdo. Papá me llevó al dentista del pueblo quien diariamente sacaría diente por diente para quitarme el dolor”.

Organizar el desayuno de tres varones era la tarea diaria, así como el resto de alimentos para el transcurso del día. Podría sonar machista (que por cierto lo es) pero en casa esa tarea era responsabilidad de mi madre, quien constantemente recordaba: “los hombres en la cocina huelen a mierda de gallina”, expresión, según ella, aprendida desde “la cuna”. Mi madre siempre estuvo ligada a la cocina, es una de las cuatro mujeres que nacieron en casa de patriarca conservador: “Cecilia, María Anais, yo y Martica, éramos las mujeres de la casa, junto a mamá. De ellas, Martica era la menor y murió siendo niña: 5 años tenía. Murió de una infección en el estómago -eso dijo el médico del pueblo-. Yo me acuerdo estando todos mis hermanos alrededor de ella en la cama. Ella mirando hacia arriba en posición de descanso y esperando a que Dios mandara por ella”. “Papá era conservador, secretario de la policía en ese momento de San Andrés, Tello”, órgano politizado en la época de la Violencia colombiana. Lo que significó “recibir dos papelitos debajo de la puerta para salir del pueblo. Papá decía que la gente del monte estaba por bajar, que estuviéramos listos porque en cualquier momento cogíamos los chiros y salíamos. Yo estaba niña, no me acuerdo de la edad pero si me acuerdo que los dientes ya no los tenía. Cualquier galope en la noche asustaba a papá como si el jinete sin cabeza estuviera rondando la casa. El día de nuestra salida del pueblo fue terrible. Mi mamá la llevaban adelante, y nosotros, todos en fila, cogidos de la mano, del mayor al menor, caminábamos rápidamente zigzagueando los muertos del día anterior. Atrás iba papá, cargando los pequeños mientras chuchito, un hermano menor, sentía el olor a muerto y no paraba de llorar”, un hedor que parecía mezclar la sangre y el cobre. “Salimos sin mirar lo que dejábamos, con una mano atrás y otra adelante por la quebrada que cruza el pueblo”.

Las mujeres de la casa eran las encargadas de cocinar a la docena de hermanos, en su mayoría varones. Con dedicación y humildad, recuerda mi madre, ayudaba en los quehaceres de la casa ya que “mamá no podía hacer nada. Sus manitas se habían torcido, debido a una artritis degenerativa que le diagnosticó un lego en Neiva de apellido Pechené, que -decía la gente- era psicólogo, aunque formulaba lo que era, luego de sus doce hijos que tuvo con papá. Yo fui una de las últimas y desde que me acuerdo ella estuvo en sillas de ruedas hasta su muerte”; persignándose exclamaría: “¡Ay, Dios la tenga en su Santa Gloria !”.

La cocina es su espacio de encuentro y aunque su fogón no sea el más apetecido, la alegría por compartir un vaso de tinto con bizcocho o un chocolate con pan la llena de felicidad. Bondadosa como nadie; lenguaraz, pecado que la acompaña, pero que contrarresta con los tres rosarios diarios y la confesión dominical que no falta desde hace más de sesenta años. Mujer hogareña, formada y criada bajo la “guía de buena esposa”, manual publicado en España, presuntamente, por la hermana del falangista José Antonio Primo de Rivera en 1953, aunque mi madre no lo hubiera conocido.

Por esto, la cocina siempre será el lugar de los recuerdos, el encuentro del alquimista, donde se coce el afecto familiar, donde se transforma el amor sazonado en casa. Mamá no supo transmitir la alquimia en la cocina pero logró la cohesión familiar no a través de la boca sino a través del cuidado y dedicación.

Ayer, mientras los minutos pasaban a contar otro año, recordaba las palabras de mi madre que siempre están llenas de una narrativa cotidiana: “El gusto mantiene el cuerpo y el sancocho la barriga”.

Lunes, 01 de enero de 2018.

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