La bruja de Guadalupe

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“Negué con todas mis fuerzas, dije que lo hecho era solo una farsa, una especie de carnaval privado, además no había trazas del corpus delicti, se me rieron en las narices, ¡bruja!, ¡irrefragablemente bruja!”
La tejedora de coronas, Germán Espinosa.

 

Por: Diego Mauricio Barrera Quiroga

La primera y única bruja quemada en el centro del pueblo “la vi arder a los 8 años” recordaría mi padre. Una fémina de negra y larga cabellera con ojos expuestos caracterizaba aquella mujer de oscura reputación. Tres meses antes el pueblo la había identificado. La denuncia de un joven que decía ser su enamorado la delató. La historia pasó por todas las instancias de poder desde la inspección de policía hasta el despacho del Alcalde a quien el miedo lo habría invadido al recordar su experiencia de niño, según lo mencionaba su madre. Era común que cada bautizo en la iglesia del pueblo la progenitora del burgomaestre se acercara a la familia del recién ungido por el primer sacramentos a contar el caso de su hijo, a quien el bautismo no se le hizo a tiempo y fuese visitado noche tras noche por una bruja que dejaba dolor por los múltiples chupones en el cuerpo. Fueron quince días de agotamiento para el infante, los que culminaron gracias a la intervención del párroco Luis, al conocer el caso. “La historia la conocimos por un policía allegado a la casa. Él contaría a mamá señora el caso. La mujer se le había aparecido varias veces en cuerpo ajeno luego de dejarla por otra joven, linda y de familia acomodada. La última aparición fue en un pizco. Unas alas grandes lo trataron de abrazar mientras escuchaba oraciones de retención y poder maligno. El miedo se apoderó del joven quien inmediatamente puso en conocimiento lo sucedido a las autoridades”, sin dejar de mencionar los raros conocimientos que pregonaba aquella mujer y que él desconocía. Según su joven barragán en varias ocasiones la escuchaba hablar de geografía, botánica, ciencia y astronomía, esta última prohibida finalizando el siglo XVII por herética y cercana al oscurantismo. Algunos habitantes de la región que salían a Neiva por carretera destapada, a más de 9 horas de camino, habían escuchado una historia, en el recorrido, del destierro de una bruja del aquelarre ancestral en La Jagua por colaborar con extraños, especialmente al “Sabio” Caldas quien vivió entre 1775 y 1777 en esta zona. La describían de belleza extraordinaria, alta y tímida, cabello azabache, largo hasta caer en sus caderas, suelto para que la brisa peinara los hilos abundantes de su cabeza, ojos expresivos y el dedo meñique de su mano derecha siempre negro como si encendiera en él alguna llama.

Parque de Guadalupe (Huila). Foto: http://huilaturistica.blogspot.com.co/2010/12/parque-de-guadalupe-huila.html

Mi padre había crecido en Guadalupe, municipio al sur del Huila, de mayoría liberal y gobernada por conservadores, devoto a la iglesia católica y pobres por designio divino en una tierra “ancha y ajena” en ese orden. Huérfano desde el nacimiento. Su madre había muerto “de parto” en la zona rural conocida como Marmato, cerca de la vereda Cachingal. “A papá nunca lo conocí en mi crecimiento. Ni una botella de leche fue capaz de darme. Mamá señora Flora, me contaba que mientras mamá moría después de tenerme, mi papá salía de la finca para irse con otra mujer”. La abuela Flora había asumido la tarea de crianza y madre en un hogar numeroso. Varios primos crecieron junto a él entre el trabajo y la precariedad de la vida. “Desde muy niño me tocó trabajar. La vida en el campo es muy dura. Levantarse a las 3:30 de la mañana para cargar agua era tarea diaria. Tres viajes debía hacer para llenar unos timbos grandes de madera que estaban en la casa desde la quebrada La Viciosa a una hora de camino. Dos cántaros que a lado y lado cargaba me dejaban cansado en cada viaje”, trabajo indispensable previo al desayuno y como requisito para ganarse la comida en casa. “Muchas veces la caminada me tocaba hacerla a pie limpio por caminos pedregosos y filudos que cortaban los pies porque las cotizas se habían acabado y mamá señora no tenía con qué comprar. Nosotros vivíamos del campo sembrando: aguacate, fríjol, mandarina, yuca, popoche y ahuyama. Mamá señora nos hacía muchas coladas de lo que sembrábamos, y yo siempre prefería la colada de popoche. También hacíamos sombrero borsalino del cogollo de la palmicha que vendíamos cada quince días en la plaza de mercado del pueblo. Cada sombrero se demoraba dos semanas en hacerlo y mamá señora los vendía todos, era la que más vendía de todos los que sacaban, cada uno a 25 pesos: ¡para esa época era plata! Con el dinero comprábamos mercado que nos duraba un mes y yo lo llevaba al hombro hasta la casa por el camino que quedaba a 3 horas”.

La vida en el campo se inicia a temprana edad, no hay tiempo para las etapas de crecimiento, mientras más fuerza vaya adquiriendo mayor es la responsabilidad en las actividades labriegas. La realidad se pone de dos extremos: “o se trabaja para vivir o se muere sin qué comer” sentencia mi padre. El primer oficio de la casa estuvo siempre en acompañar a la abuela Flora. Aprender de sus oficios aseguraría la supervivencia personal y familiar. Cada actividad estaba destinada a la producción de recursos que aportaran en la manutención.

“A los 10 años hice mi primera comunión. Ese día mamá señora me había mandado a traer leña para la noche. Madrugué en búsqueda de buenos palos secos que sirvieran para la cocina ya que en la tarde tenía el compromiso con Dios. La verdad fue que tardé todo el día en eso porque me adentré en el monte. A la llegada mamá señora estaba brava y a punto de pagarme sino fuera por el afán que le corría por arreglarme, ponerme un pantalón blanco y una camisa del mismo color con los zapaticos negros que un vecino iba a botar. Ella los había remendado con cuidadito y limpiado para ir a la iglesia. La demora fue que llegara, me pusiera en primera fila, recibiera la bendición del padre y la comunión: ese día, después de terminado todo, seguí apilando la leña en casa”. Las actividades del hogar no daban espera. Así de rápido como se crecía para el trabajo se iba buscando pequeños espacios de propiedad a través de la posesión de baldíos. El crecimiento de las zonas agrícolas se extendía a territorios que iniciaban con su colonización. “A los 14 años ya tenía una finquita en donde cultivaba de todo, a los 15 ya había adquirido otra tras el tumbe del monte que cubría el pedazo derecho de la primera. Allí me puse a trabajar para ayudar a mamá señora y primos-hermanos. Aunque las fincas no eran muy grandes tampoco me duraron mucho ya que mamá señora decidió un día salir del pueblo hacia Florencia para quedar cerca de otra familia y yo como la seguía: vendí en 70 pesos las fincas y me fui detrás de ella”.

Martes, 09 de enero de 2017 Garzón, Huila

Diego Mauricio Barrera Quiroga es Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana, abogado y docente de la Universidad de la Amazonia, candidato a Magister en Educación área de profundización: docencia e investigación universitaria. Correo: barreradiego1990@gmail.com

 

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