El jilguero de la selva

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Eider Bladimir Ortíz Andoke, hijo, compañero, amigo, joven padre. Que en paz descanses, hermano.

Se reunieron en círculo de mambeo, en espera, para escucharlo. La gente, con gran expectativa se reunió dentro del ananeko (maloca) universal, en una sola palabra.

“Ustedes tienen la respuesta, yo no la tengo, incluso alguien llegó aquí, antes de todos ustedes, ese personaje andaba buscando a su padre y después de trajinar todos los lados lo encontró; a ese personaje yo le entregué todo el poder y la respuesta de lo que ahora ustedes buscan. Ese personaje se llama yiraima, él está en medio de ustedes y no lo conocen. Deben convocar a una reunión y llamarlo, si ustedes quieren salir de los tiempos que están atravesando”, les dijo Dios a los hombres cuando le preguntaron por el que los iba a sacar de los tiempos violentos.

Pero yiraima estaba sonriendo por ahí, chupando ambil, tocando su grueso cabello negro, haciendo amigos.

En la narración uitoto, yiraima es una suerte de joven inspirador de buenos tiempos, amparado en un poder magnífico pero modesto.

Eider Bladimir fue Gobernador del Cabildo Indígena Estudiantil de la Universidad de la Amazonia.

Nuestro yiraima, Eider Bladimir Ortiz Andoke, ha fallecido. Nos ha legado su memoria para continuar la obra: salir de los tiempos que corren.

Antes de conocer la noticia de su muerte, el sabedor uitoto Custodio Joinama lo llamó “el jilguero de la selva”.

Ese jueves 29 de marzo de 2018 estábamos esperando, en círculo de mambeo, cualquier noticia. “La muerte como designio divino es inevitable”, dijo Custodio. Y minutos después llegó la noticia a través de Tefa, con la voz hecha pedazos: “murió Eider, no aguantó”.

“Ha muerto el jilguero de la selva”, dijo Custodio, respirando.

Eider era un cantor que gustaba de los ‘karijonazos’, como llaman los uitoto a los cantos que aprendieron de los karijona. Quienes lo conocimos en baile de maloca, lo veíamos salir con ‘porrados’ de ambil que le pagaban por cantar. Era un canto tras otro. Pechigrande y pintado de poesía, por la cantada, como el jilguero, agarraba a los demás cantores por el codo y los hacía cantar, él, chiquito, pero con voz de grande, como los pájaros.

En la foto, el dirigente muinane Estelio Barbosa lo acompaña durante su labor como dirigente estudiantil indígena.

Me quedé pensando entonces en el jilguero, sí, parecido a Eider. Pensé en lo último que conversamos, en las fotos recientes que había visto de él en Bogotá junto con su compañera Andrea y su hija recién nacida Emaida Celeste. Qué nombre tan bonito, qué alegría ver a Eider siendo feliz.

Todos estamos muy tristes. Él era un joven indígena de Solano (Caquetá) a quien conocimos en Florencia hace siete años, cuando llegó a estudiar biología en la Universidad de la Amazonia. Todos estamos muy tristes porque él fue nuestro compañero, nuestro roble en medio de la adversidad de la lucha. Murió de repente, sin haber tenido el tiempo de continuar lo que soñamos todos: amistad, respeto por la cultura, organización estudiantil, dignidad, templanza, sabiduría, diálogo para no ser impulsivos, para no caer en los egos, en las posturas salvadoras del mundo, humildad. Su silencio era sabio. Sus palabras como el tejido que lanzaba el artesano.

En diciembre del año anterior, mambeando en donde Estelio Barbosa, dirigente indígena muinane quien lo acogió durante toda su carrera, Eider estuvo escuchándonos hablar. Chupaba ambil y sonreía. Le preocupaba su padre, a quien amaba sin medida. Salimos ese día y él no nos dijo muchas cosas. Había estado enfermo, pasando por inconvenientes que no lo derribaron. Lo habíamos visto luchar cuando a su padre las autoridades lo llevaron a la cárcel, acusándolo de muchas cosas, de las que no acusan a los que sí son delincuentes. Luchaba contra la soledad, por eso. Cuando el padre de Eider salió de la cárcel, lo recuerdo feliz, como cuando en la última foto miraba a su hija Emaida Celeste.

En enero escribió desde Solano. Lamento no haberle podido ayudar en aquella ocasión. Aún leo los mensajes y no lo puedo creer.

Dirigente, hijo, padre joven, amigo. Sus luchas fueron titánicas, comenzando la que lo trajo a Florencia a estudiar, desde Araracuara. Y todas las que esta sociedad le impuso las fue ganando. Perdió la que todos vamos a perder: la de la muerte. Pero allí no terminan las cosas para un personaje como Eider, porque él nos dejó su memoria, sus cantos, su manera de ser, de decirnos las cosas no sólo con las palabras. Por eso les cabe a la muerte y a la vida un reproche, con los versos del poeta Miguel Hernández, quien murió el 28 de marzo de 1942. El jilguero de la selva se nos fue en número de día similar:

Temprano levantó la muerte el vuelo

Temprano madrugó la madrugada

Temprano está rodando por el suelo

No perdono a la muerte enamorada

No perdono a la vida desatenta

No perdono a la tierra ni a la nada

 

 

 

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