Los niños de la paz

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Por: Camilo Muñoz, Recpsur Caquetá

“Usted como guerrillero se merece un perdón, tengo el gusto de perdonarlos porque miro que ustedes son buenos y también quiero que cambien”, comienza su carta Herminson, un niño de 10 años a quien la serenidad de su vida y la mansedumbre de su corazón le permiten gozar de un sentimiento que nos falta a muchísimos colombianos: el perdón. Como él, cerca de cien niños de la Institución Educativa La Esperanza de Florencia, Caquetá, uno de los epicentros del conflicto armado de medio siglo en el país, redactaron epístolas que fueron intercambiadas entre ellos y excombatientes de las Farc, residentes en las Zonas Veredales de Aguabonita (ubicada en el municipio de La Montañita) y Miravalle (San Vicente del Caguán).

De igual manera, una niña de la misma edad, escribe: “Yo sí estoy de acuerdo con ese acuerdo [sic], porque ustedes han hecho muchas cosas malas; desde acá nuestros amigos les decimos que cuando estén perdonados, que estudien, hagan una carrera y que sean alguien en la vida”. La infanta, de nombre Camila, guarda la expectativa de que estos hombres y mujeres reciban remisión, aclarando que han realizado actos indebidos pero que, pese a esto, merecen un indulto.

Más sublime todavía, son las palabras de Danna, una estudiante, hija de un policía, quien manifiesta: “Mi saludo es para ti, una gran persona que algún día perdiste tu libertad en el corazón, por unos ideales que sin pensar le hacían daño a una sociedad”. Y, con la misericordia que los adultos estamos lejos de conocer, esta pequeña exhorta a un exsubversivo, aduciendo: “Gracias a Dios tu corazón renace de nuevo, ¡bienvenido a la vida!, genera amor, paz y justicia para quienes te rodean. Sal adelante, estudia, trabaja sin miedo, que la sociedad te apoya y perdona tus errores”. Desbordando su más grato cristianismo, concluye: “¡Dios te bendiga siempre!”.

Asimismo, sencillo pero profundo, Yurely, de cuarto grado y con nueve años, plasma su sentir, indicando: “Hola, guerrilleros de las Farc, yo creo en la paz porque hay perdón y esperanza, tolerancia y amor. Todos somos hermanos, hijos de una sola nación y un mismo Dios”.

Semejante al anterior, Marcos, de once años, dice: “Hola amigos, quiero que todos ustedes cambien porque en Colombia hubo muchos atentados y mucho sufrimiento, por eso quiero decirles a todos que ustedes pueden cambiar, porque también son personas como nosotros y todos los colombianos los perdonamos”.

De manera grata y sapiencial, Laura, de once años, escribe un mensaje esperanzador, emotivo y conmovedor: “Te quiero decir que tienes una vida por delante para que cambies y seas una mejor persona, ya que todos los seres humanos cometemos errores que al momento [de cometerlos] no nos damos cuenta del gran daño que ocasionamos, por eso te invito a que vivamos en paz y en tranquilidad, que tú puedas rehacer tu vida y te puedas levantar con cabeza en alto, recapacitar del daño causado en pueblos, familias con corazones rotos y en tu vida”.

Culmina, la pequeña, con una reflexión de librepensadora: “tienes una oportunidad de salir de ese encierro en la selva y reintegrarte a una ciudad llena de colores y bendiciones y luchar de manera pacífica para que el mundo tenga mejores personas como tú. Gracias a Dios estamos en este mundo y nos dio la vida, que es un derecho, como la libertad. Queremos que nadie nos arrebate nuestros derechos. Deseo de corazón que cumplas tus deseos y metas, por el camino de la reintegración y reconciliación, para ser parte del camino del bien. ¡Queremos paz para Colombia!”.

Una de las cartas enviadas, ha sido respondida por una guerrillera de las Farc, la que, en un acápite, escribe: “Te cuento una cosa, tengo un hijo, es un bebé de un año y medio, es el ser más hermoso y maravilloso que la vida me ha regalado y quiero que él y todos los niños de Colombia vivan en un país en paz, donde puedan estudiar sin importar cuánto tienen sus padres en el bolsillo, porque la educación es un derecho”.

Y, concluye la mujer fariana: “Queremos un país donde los niños puedan recrearse y sobre todo, donde puedan ser felices; sin temor a recibir algún tipo de maltrato, porque debe ser un país con justicia verdadera. Donde los pequeños no tengan que ver los resultados de la guerra ni ser partícipes de ella. Donde jamás tengan que separarse de sus padres porque la guerra se los arrebató. Tengo 30 años, la mitad de ellos en la guerrilla, no es una vida fácil. Me gusta leer y compartir mi tiempo con mi hijo y mi compañero”.

La fémina, que muchos tildaran de terrorista y que anhela ser reincorporada a la sociedad, cierra sus meritorias líneas exclamando una misión universal: “Yo creo que ningún niño debe sufrir en el mundo porque ellos llenan la vida de los mayores de amor y esperanza”.

Amor y esperanza, esas dos palabras debemos guardarlas en el corazón. La primera, un sentimiento, la segunda, una virtud, que resaltan la grandeza del ser humano, dignidad que los niños nos enseñan y que, a los adultos, nos queda difícil aprender.

 

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