El Caquetá para Estefanía Ciro, Premio Juan Bosch de la Unesco

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Estefanía Ciro en el parque de Belén de los Andaquíes. Foto: Óscar Neira

Por: Óscar Neira

Hay una paradoja en todo lo que ha planteado Estefanía Ciro, desde su investigación de maestría sobre las fronteras hasta lo que le ha valido el reconocimiento internacional Juan Bosch por parte de la Unesco: mientras la Amazonia es un lugar de contención, si se quiere estático, teatro de actores universales en el escenario capitalista mundial fluido, sus planteamientos son verdaderos artefactos explosivos del lenguaje para refundar lo que en esta comarca nos decimos como forma de autoengaño, en todos los niveles y fronteras, para desgracia colectiva. No existen las fronteras, aunque para la lectura etnográfica, el escenario fronterizo sea estático, como contexto. Pero la paradoja en lo que ha planteado Estefanía hace parte de la grandeza de su aporte a una región que desde Rivera no conocía intentos de comprensión y descripción universalizantes que nacieran de la entraña. Quienes hoy reproducen la voz de Estefanía por el premio, con oportunismo por supuesto, dirán para sí, como dijeron para otros, que ella no es tan grande y que lo que le ha merecido el reconocimiento internacional ya se sabía en estas oscuridades que en sus egos ellos creen luminosas.

Muchos que no han entendido su planteamiento, porque la conocen apenas ahora por el premio, la ponen del lado de la política, porque en este país desvencijado, reivindicar al ser humano se ha convertido en un acto para reprochar.

En varias conversaciones que he tenido con Estefanía, he pensado cómo ha podido conjugar aquella perspectiva estática de lo contextual, digamos, delimitado, con lo que no conoce lógicas porque es humano, o sea, la vida de la gente, sufrida, guerreada, épica, cada quién hace sus descripciones. Entonces pienso en que ahí radica la clave de lo que será ruptura en el escenario estático del lenguaje local, lleno de reverencias a los zánganos del poder, sean políticos, narcos y así de esa naturaleza: el habitante colonizador histórico de estas tierras es personaje central de la historia regional; sus vidas, miserables, romantizadas, cantadas en himnos vacíos, han hecho parte de la construcción universal del ser humano, a la manera griega si se quiere o, mejor, como en cualquier guerra los seres que la pelearon con dignidad, construyeron lo que hoy vale la pena contar. Estefanía los está contando. Muchos que no han entendido su planteamiento, porque la conocen apenas ahora por el premio, la ponen del lado de la política, porque en este país desvencijado, reivindicar al ser humano se ha convertido en un acto para reprochar. Están equivocados. Ella está del lado del hombre campesino, de cualquier forma un actor fundamental de la historia universal.

Recuerdo que alguna vez hablamos sobre la coca como mambe. Pensamos en Fernando Urbina y lo que a nuestro juicio era valioso en su aporte: la poesía como forma de contar realidades (Ver libro Las Hojas del Poder). Hay realidades que el lenguaje plano no puede contar y que en los tiempos que corren no se leerán si no son contadas de manera breve o, en su defecto, con enfoques claros en su estructura. Ah y que quien las cuente sea un buen ser humano, como lo es Estefanía.

Finalizo con una parte de un artefacto lingüístico que Estefanía hizo a partir de las conversaciones con los cocaleros que en sus trayectorias lucharon en las marchas campesinas de 1996. Este fragmento conjuga de manera magistral todo un discurso académico, poético y narrativo que romperá con la idea de un Caquetá envilecido por los políticos y por la cruda inserción a la lógica capitalista de expoliación de los recursos naturales y del consumo.

El capital

es un compañero

que

se interpone entre la bala y mi bolsillo

En el puente del San Pedro.